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Llegar tarde a fiestas

o mis recomendaciones de verano que seguramente ya conoces.

Llego tarde, lo sé. He estado terriblemente bloqueada los últimos meses. Llámalo parálisis por análisis, bloqueo ante la página en blanco o simplemente miedo. Miedo al éxito, si le preguntas a la parte menos racional de mí. Miedo al batacazo, si le preguntas a la otra parte de mi cerebro. La que habla más alto.

El caso es que debo confesar que tenía un par de posts empezados, pero me parecían poco interesantes. O grandilocuentes de más. Eso siempre me pasa. O me siento a escribir por un impulso, o no me sale nada. Alguien me dijo una vez que eso se llama escritura automática. Yo simplemente creo que es necesario vaciar el cerebro de vez en cuando.

Pero bueno, a lo que vamos.

En los últimos meses he conseguido volver a leer y volver a ver series y películas por su estética. Y me he dado cuenta de que he llegado tarde a muchas fiestas. Sorpresa para nadie, también te lo digo.

La primera de todas es Heartstopper. Es una pasada. Estéticamente me tiene absolutamente enamorada. El uso del color, los acentos dibujados, todo. Acabo de empezar la segunda temporada y de verdad que me quiero mudar a la mitad de esos fotogramas.

La otra es Todo lo que se del amor, de Dolly Alderton. Llevaba en mi mesilla más de un año, lo había cogido un cerro de veces y nunca me dio por abrirlo y empezar a leer. No se muy bien por qué. Supongo que por no querer dejarlo a medias, como todo lo que había intentado leer en los últimos dos años (se dice pronto para una rata de biblioteca como yo).

El caso es que después de haberme enganchado fuerte a “El amarillo no existe” de Gema Vadillo y habérmelo terminado en dos días y medio (algunos dirán que es porque como es novela ilustrada se lee antes. Yo digo que es porque pasa en Berlín y a mí eso ya me tiene ganada), decidí darle la oportunidad al libro de Dolly. O dármela a mí, no lo se muy bien.

Y menos mal

Fue empezarlo y saber que quería leermelo de una sentada. Y saber que iba a mejorar mucho si me lo dosificaba, para no aturdirme a mí misma. Para hacer la historia más corta: por favor, si no lo habéis hecho ya, leedlo. Me he reido, he llorado, me he enfadado y en algunos casos hasta me ha parecido que hablaba de mí. Llámalo ego si quieres. Pero hazme caso, y léetelo, por favor. A no ser que no seas como yo y te lo hayas leido ya.

La última fiesta es más reciente, así que igual no llego tan tarde.

El otro día me vi del tirón “Un cuento Perfecto”. No sabía de qué iba, no había oido hablar del libro ni de nada. Pero estaba Anna Castillo, así que

Y del tirón. Los colores, la escenografía, el vestuario… todo bien. Es facilita y te da para un maratón bastante majo. Al menos a mí. Si todavía no la has visto, dale al play, merece la pena. Además salen varios de mis sitios favoritos de Grecia que me recuerdan a viajes pasados con amigos. Al escribir esa frase he ido a buscar las fotos de ese viaje, de uno de los veranos más agobiantes que recuerdo con el proyecto fin de carrera a medio hacer y un cerro de cosas por dilucidar. Pero eso es otra historia que deberá ser contada en otro momento (si los wombats viajeros me dejan).

La cosa es que a raíz de “un cuento perfecto” ha pasado una cosa muy guay.

Varias personas me han escrito diciendo que veían totalmente mis camisas en esa maravilla visual. Mis clásicos básicos. Y la ilusión que me ha hecho no es ni medio normal. Porque ya soy “la chica de las camisas”.

¿cómo de guay es eso?

Estas cartas son parte de mi newsletter “Komorebi”, si quieres leerlas antes que nadie, no te olvides de suscribirte en la cajita que hay un poco más abajo.

Cuando empecé estas cartas, no prometí periodicidad concreta, pero espero tardar menos en volver. Poco a poco, todo vuelve a su sitio y estas cartas irán contando cosas de todo un poco, el día a día en el estudio, proyectos, recomendaciones y vaciados de cerebro. Nos vemos por aquí.

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